Deportivas

Eso de la pasión inexplicable

¿Cómo explicar la bandera que cuelga en la tribuna todos los domingos que dice “Racing es una pasión inexplicable” a una persona que no estuvo presente en el Cilindro ante Independiente en la épica victoria con 9 jugadores? ¿Cómo hacerle a entender a alguien que no entiende de fútbol lo que significa ganar un clásico? O perderlo. O empatarlo. ¿Cómo se podría olvidar los 39 minutos más largos de la historia? O mejor, ¿cómo se dejará atrás en el recuerdo los últimos 10 minutos del partido?

¿De qué manera se puede poner en palabras la desazón de quedarse con un jugador menos en el mejor momento del partido? O con dos menos, pero a los 46 minutos de 90 por jugarse? ¿Cómo se explica frente a toda la angustia, la ilusión de volver a ganar después de varios meses y en el cual se criticaba al director técnico que solo trabajó 45 días y dos partidos, después de todos los sentimientos que circularon por el cuerpo en la tarde noche del domingo? ¿Cuál es el motivo ante semejante operativo desgaste? Y no hablo exactamente de todo lo que se habló en la semana de la supuesta pelea Díaz-Beccacece, sino del estrés, sufrimiento y hasta diría tortura de vivir todo lo vivido previo al gol.

Es muy difícil poner en palabras lo que se vivió en la mágica tarde noche en el Cilindro, pero si pueden encontrarse hechos similares que experimenten la cantidad de sentimientos encontrados: Llegó Milito. Triunfo ante River para aferrarse a la punta. Campeón después de 13 años. Eliminación a Independiente de la Liguilla Pre Libertadores para volver a jugar la Copa por segunda vez consecutiva luego de casi 50 años. Vuelta de Lisandro. Victorias a Independiente, Boca, y River de visitante, a San Lorenzo. Despedida de Milito y su partido. Una Secretaría técnica y refuerzos que funcionaron. La venta más grande de la historia del club. Una identidad de juego. Eduardo Coudet. Racing campeón. Lisandro López capitán, goleador del torneo y figura. Escritura del Tita Matiussi Otra vez victoria en La Bombonera. Otra vez, Racing campeón.

Como aquellos años en el que los pioneros del fútbol nacional y popular llevaban adelante los torneos amateurs, donde aparecía Tita Matiussi corriendo por el césped del  Viejo Estadio, mientras Racing campeonaba siete veces seguidas, y donde el apodo “Academia”  comenzaba a hacerse conocido, Racing dejaba en claro que no sería una institución del monton a lo largo de la historia. Luego llegó el tricampeonato del 49-50-51 con la culminación de la famosa final Racing-Banfield, y la disputa Cereijo-Perón del equipo grande contra todos. El estadio nuevo. El equipo de José, la Libertadores, la Intercontinental.

Todo eso quedó opacado cuando apareció el “fantasma Racing”, que se apoderó de los hinchas de la década del 70, 80 y hasta del 90 cuando llegó el descenso, el alquiler del plantel, la cancha como depósito de papas, la quiebra y el remate de la sede impedido por los hinchas. La vieja chiflada con el necesario pero fuerte “Racing club ha dejado de existir”, la cancha llena sin jugar, Blanquiceleste apoderándose del club y tomando malas decisiones, salvo un campeonato en el 2001, la promoción y desahogo con Frasquito y el Colorado. El gol errado de Bustos. La pelea Molina-Cogorno. El rose del promedio. Por suerte y para salvar la juventud de muchos hinchas, llegó Milito en el 2001 para formar parte del equipo campeón de la mano del Paso a paso de Mostaza Merlo.

En toda esta época oscura, el simpatizante se cansó muchas veces de sacar pecho por sus jugadores y se enamoró de la hichada, del inquebrantable aliento pese a la derrota constante. Y el Racing del pasado tuvo su papel fundamental  en el segundo tiempo, cuando comenzó el verdadero partido. Apareció el hincha de la hinchada. Pero no para sacar pecho de sus triunfos en las tribunas como en los años oscuros, sino para demostrarle a sus jugadores, al fútbol argentino y al mundo que obvio, ¿cómo no va a jugar la hinchada? El himno Racinguista apareció en las gargantas de los 50 mil hinchas que se cruzaron la Calle Colón y Milito sin voz luego de alentar y silbar ante cada avance de Independiente. Como expresó Alejandro Wall en su libro Ahora que somos felices, “Racing me cantó a mi que las buenas ya van a venir”.

Y llegó el desahogo. Un pelotazo inhóspito desde la derecha para que aguante la experiencia de Darío Cvitanich, y meta el pase al medio como en la play. Lolo Miranda –un ex Rojo, sí- abrió las piernas para que llegue Marcelo Díaz, el de la pelea con el técnico, el hombre que se comía una banana mientras jugaba corto un tiro libre y luego cortaba el avance, el que jugaba en pantuflas según Mourinho, el enamorado de su familia. No fue un argentino, ni un polluelo del Tita el que metió el pase a la red para generar las avalanchas en ambas cabeceras del Cilindro. Fue el chileno, de mente fría como el hielo pero perfecta como el Hombre de Vitruvio de Leonardo Da Vinci. Y explotó el Cilindro, los hogares y los más de 4 millones de corazones que merodean por el mundo.

Todo lo que sucedió después no hay registros en la mente, como las expulsiones de Romero y Domínguez. O sí, el corte de Javi García y Cvita con la cara vendada, o la cabeza rota y el hombro dislocado de Nery Domínguez. Salvo algún que otro video que circulará en las redes sociales, los presentes en el estadio se fueron del partido en sus estandartes.

Nadie jamás lo va a entender, que es eso de las pasiones inexplicables. Ni un poquito. Salvo que seas hincha de Racing. Ni en el Este, ni en el Oeste. Ni en el Norte ni en el sur. Solamente los hinchas de la Academia, la academia Racing Club.

Nota: Valentín Irisarri

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